Muchas veces se cree que el divorcio es la gran oportunidad para terminar con los problemas típicos de un matrimonio y obtener la libertad anhelada. Sin embargo, poco se tiene en cuenta que el divorcio contribuye con la disolución del grupo familiar.

La gente cada vez tiene menos paciencia y ante la menor dificultad piensa en romper con el matrimonio sin tener demasiada paciencia ni intentar entenderse o solucionar el problema.

Esta tendencia trae consigo inestabilidad e inseguridad tanto en la persona como en la familia, ya que cada uno de los individuos que conforma el matrimonio podría pensar que la otra parte puede divorciarse en cuanto quiera, y así comienza a descuidarse la relación.

Lo peor de esto, es que la persona pierde dignidad principalmente porque se convierte en un objeto que puede ser usado y desechado.

Si los problemas matrimoniales se pueden conversar y al menos intentar solucionarlos, no es conveniente acudir a las leyes y a los abogados. Es mucho mejor si se acude a personas prudentes que deseen ayudar a que se conserve el matrimonio y evitar el pleito. También se puede acudir a un abogado que actué como mediador y ayude a prevenir abusos y resolver los problemas que enfrentan.

En muchos países las leyes matrimoniales no proporcionan la seguridad necesaria para que la estabilidad y la indisolubilidad del matrimonio sea defendida. Una manera de ampararse es a través de otras leyes, como por ejemplo las de carácter económico ya que suelen tener mayor protección jurídica. Un ejemplo sería redactar ante escribano o notario una cláusula de rescisión en el matrimonio valuada en millones.