La separación representa la ruptura del lazo que une a dos personas. Pero no se trata sólo de eso. La vida matrimonial trae consigo cotidianidad, relaciones interpersonales propias del matrimonio y, a veces, hijos. Cuando el matrimonio se rompe todo esto se ve afectado, alterado, y debe comenzar todo de una nueva manera.

La pertenencia y la autonomía

El matrimonio otorga pertenencia a cada una de los cónyuges, quienes pasan a ser “el marido de” o “la mujer de”. Esa pertenencia desaparece cuando el vínculo matrimonial se rompe.

Cuando uno deja de pertenecer a un grupo, en este caso al matrimonio, gana autonomía. Pero ¿es buena realmente la autonomía? Bueno, en realidad, depende de qué haga cada uno con esa autonomía.

Muchas veces enfrentar problemas domésticos simples para unos, puede ser un caos para otros. No existen tareas de hombres y de mujeres, todas deben realizarse por aquella persona divorciada, aquella persona que se volvió más autónoma.

Si de toda esa autonomía se aprende para salir adelante, entonces se puede tomar como algo positivo.

Los hijos

Con los hijos los lazos cambian. En general, los hijos vivirán con su madre, mientras su padre los visitará regularmente.

Algo muy común es ver cómo el padre intenta lograr que sus hijos lo vean como a tal, y no como a un divertimento, o un paseo.

La madre, por otro lado, muchas veces necesita separarse de sus hijos, que se pegan a ella demasiado a causa del divorcio. Necesita un nuevo código de convivencia para con los mismos, ya que la situación ha cambiado.