Existen varias religiones en el mundo que rechazan total o parcialmente el divorcio.

Por ejemplo, la Iglesia en primer lugar no admite el divorcio, ya que las enseñanzas de Cristo acerca del matrimonio dicen que este se mantiene hasta que la muerte los separe.

Es por ello que se prohíbe comulgar a divorciados que se han vuelto a casar, ya que el matrimonio anterior sigue teniendo validez y por lo tanto el nuevo matrimonio es un adulterio.

De esta manera, como no hay ni arrepentimiento ni propósito de enmienda, no se hace posible acudir a la confesión y por ser un pecado grave tampoco se puede comulgar.

Pero no sólo por motivos religiosos existen oposiciones al divorcio.

Un gobernante que no practique credo o religión también puede oponerse al divorcio defendiendo la indivisibilidad del matrimonio y dificultando el divorcio, argumentando que es por el bien del país.

Un argumento valido para esta oposición es que los hijos de padres divorciados en general tienen mayores problemas en educación y convivencia. Otro es que los problemas económicos y sociales, en general, aumentan al surgir el divorcio y para una familia unida suele ser más fácil sobrellevar las situaciones difíciles.

Por lo tanto, desde el punto de vista de un gobernante, el divorcio es un problema para el país, y preferirá su reducción y de alguna manera detenerlo, defendiendo la estabilidad matrimonial por considerarla mejor que el divorcio.